
Santiago es mi ciudad natal por accidente porque nací un mes antes del que correspondía cuando mi mamá se pegó un costalazo en plena Estación Central, llegando desde Curicó para visitar a su hermana y de paso celebrar las fiestas patrias. Lástima que las cuecas y cumbias de las ramadas las escuchara desde el Hospital San Juan de Dios.
El asunto es que 18 años más tarde esta ciudad me recibía nuevamente igual de entusiasta y temerosa que yo. Lo que recuerdo de Santiago por esa época y que me llamaba la atención era la gama de calles y avenidas que increíblemente cambiaban de nombre (como Pajaritos, Alameda, Providencia y después Apoquindo; o Nataniel Cox y después San Diego; o Compañía y después Merced, etc.); el metro al que NO hacía parar como les ocurrió a otros amigos foráneos pero en el que confieso, me perdí varias veces; y las personas que caminaban rápido y miraban desconfiadas. Claro, yo todavía no sabía de delincuencia hasta que intentaron quitarme mi gargantilla de oro, regalo de graduación de cuarto medio. A partir de ahí también caminé velozmente y agarré mi bolso con una fuerza asombrosa.
A Santiago lo aprendí a conocer y a medida que pasó el tiempo simplemente me enamoré, me encanté con esta urbe enjaulada en cemento. Pese a que los primeros años fueron de mucha soledad, luego descubrí que acá podía y tenía para hacer de todo y que la ciudad se transformaba en mi aliada y compañera.
Está de más decir que sólo a nivel cultural-artístico existía (existe) una oferta variada de cine, teatro, museos, recitales de música, arte callejero, algo que nunca había conocido ni conocería si me quedaba en mis terruños curicanos. Y para qué hablar de lugares para salir de día y de noche, vale decir, restaurantes, pubs, discotheques, etc. El acceso a todos los servicios a cualquier hora del día era también una gran ventaja. O sea, no existía la excusa de que las tiendas estuvieran cerradas por la hora de la colación de una a cuatro de la tarde y créanme que eso aún pasa en provincia.
Actualmente trabajo y vivo acá en Santiago y con 10 años de "relación" me siento una integrante más de la capital. Desde mi departamento en el piso 20 tengo una vista que da al sector sur y me encanta, es increíble. Si me preguntan, obviamente habitar acá tiene sus contras como la contaminación en el invierno, la inseguridad ciudadana o el vapuleado sistema de transporte público, pero a la larga uno se acostumbra y aprende a convivir con estos males. Con razón la Carola, mi mejor amiga, que ahora se fue a trabajar a Molina me dice de vez en cuando, "por favor, invítame a Santiago que necesito llenar mis pulmones de smog y mis oídos de los ruidos que hacen las micros transantiago". Y yo le digo "cuando quieras, la ciudad y yo siempre te tendremos las puertas abiertas".
Y para ustedes, ¿qué es lo mejor y peor de vivir en Santiago?